HAY UN HOMBRE EN MI VENTANA

DE JONATHAN MOLINA

Ángela, la recepcionista, y el guía del Hotel de la Mora, en primera instancia, quizás, parezcan, como el lugar, solo un poco extravagantes. La realidad es que ellos hacen posible que el hotel sea un espacio para el mal en el que los huéspedes paulatinamente pasarán a formar parte de la galería de personajes que tras una aparente normalidad escoden muertos vivientes. Quienes viven en el hotel no son fantasmas, no son zombis, no son almas en pena, son individuos en los que la normalidad, de golpe, ofrece un espacio para la muerte, la maldad, el horror, el asombro. 
Los relatos que componen el volumen se desarrollan en las habitaciones del hotel. Los huéspedes, por distintas razones, llegan a buscar tranquilidad. En realidad quedarán atrapados en un espacio en el que la frontera entre la vida y la muerte es borrosa, viscosa, putrefacta.

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