Estoy herido de gravedad y abandonado a mi suerte.
Solo queda aceptar la derrota y asumir que la única mano a la que podré aferrarme será la que me tienda la Muerte.
Sin embargo, el fogonazo de un recuerdo disparará la adrenalina en mi cuerpo y esta me insuflará la energía necesaria para levantarme y marchar en busca de ayuda.
Alcanzaré la puerta de un restaurante y, haciendo acopio de las últimas fuerzas que me quedan, tiraré de la pesada puerta para acceder al interior.
Una vez dentro, caeré de rodillas ante la horrorizada mirada de una camarera, que me recogerá en su regazo, maternal.
—Mi niña… —seré capaz de murmurar con voz áspera, mirando intensamente a los aterrados ojos de la joven—. Se han llevado a mi niña.
Y con todo cuanto está en mi mano hecho, un telón negro y pesado caerá a mi alrededor indicando el final de la función.
Focos apagados.
Silencio atronador.
Carencia de aplausos.